El Cielo Roto

Esta mañana se fue una amiga quien estuvo en casa por una semana. Ella es de Nueva York y durante su visita hablamos muchas veces del 11 de septiembre, pensando que con cada conversación disminuiría la sacudida emocional provocada por haber visto de cerca una masacre.

Dijo que el primer avión sonó como un trueno y su perro naturalmente soltó a ladrar. No pensó más en el extraño rugido de aquella mañana gloriosamente despejada hasta que la vecina de arriba, también amiga nuestra, la llamó para decirle que aparentemente una avioneta se había estrellado contra una de las Torres Gemelas.

Entonces ambas subieron a la azotea de su edificio, que queda a unas 15 cuadras de las torres, y estuvieron un tiempo mirando la catarata negra de humo que se desbordaba de una fractura enorme, hecho que contradijo el primer informe: la ruptura había sido tallada por un pequeño avión. Volvieron a sus apartamentos para buscar sus cámaras de vídeo (ambas son documentalistas de cine) y mientras subían de nuevo al techo, el segundo avión cimentó para la historia la vulnerabilidad sorpresiva del país más poderoso del mundo. Vieron, como dijo otro testigo, “cosas que nadie nunca debería ver”.

Seguras de que había estallado una guerra distinta a las demás, sin soldados uniformados ni generales perspicaces ni votaciones parlamentarias, miraban al cielo, buscando la trayectoria de otros aviones. ¿Cuántos más serían? ¿Dos más? ¿Decenas más?

Varios vecinos se agruparon en la azotea y en el vídeo que mi amiga grabó sobre aquella mañana, además de ver nuevamente la imagen de las torres estranguladas por humo y fuego, se oye a los vecinos gritar, “¿Cuando van a rescatar a las personas?”;”¿Porqué alguien haría algo así?”;”Ahora mismo se están muriendo miles de personas”; “¡Hay gente parada en los anaqueles frente a las ventanas!”

Cuando aviones de la armada estadounidense vuelan hacia las torres plagadas por toneladas de combustible que derriten los pilares de acero, una vecina llora, “¡Llegaron muy tarde! ¡Están muy tarde!”; Cuando la primera torre empieza a desvanecer, los gritos de los vecinos pudieron haber sido ecos de las personas atrapadas en la torre. Y cuando la segunda torre rompe a desplomarse, lo único que hace soportable los gritos agonizantes es que estoy en mi casa, y pienso que lo menos que puedo hacer es servir de testigo a lo que otros vivieron.

Para nosotros que vivimos en Estados Unidos y que éramos niñas y niños cuando Vietnam, Kennedy, Martin Luther King y el segundo Kennedy, cuando las ilusiones morían por asesinato, esos recuerdos les pertenecen a nuestros padres. Nosotros vivimos los últimos suspiros de la Guerra Fría y leíamos sobre masacres en Ruanda, Israel, Sierra Leone, Bosnia, nada más. El ataque terrorista del 11 de septiembre fue tan demoníaco como los mandatos de Hitler y Stalin, los campos de concentración, Hiroshima y Nagasaki, la Guerra Civil española. Mientras que en muchas otras partes del mundo cada generación crece en la misma miseria, en nuestra parte del mundo cada generación posee una tragedia común inesperada. Esta es la mía.