Emily Se Despidio Sin Decir Adios

La Emily que yo conocí era encantadora. Llena de alegría y repartía bondades sin reparos. Gozaba fácilmente y tenía un sentido del humor chispeante. Entre las bondades que compartió conmigo, cuento con su regalo de fotografías enmarcados de mis abuelos. Para ella mis abuelos fueron fuente de inspiración y yo, por ende, responsable de respetar su legado en todas mis acciones. Una encomienda enorme y aunque no mido nada a la altura de mis abuelos en lo que a servicio público se refiere, sí me siento con la obligación de escribir sobre lo que pienso porque eso es lo que mejor sé hacer.

Y sobre Emily puedo escribir que fue una persona digna. No merece que su legado permanezca en una historia macabra de cádaveres y perros muertos.

Nadie honorado merece eso. Ella no escogió su condición de tiranía mental, que la tiraba desde las alturas donde habitan las más bellas ilusiones hasta el fondo de la miseria. En sus épocas de bienestar, cuando se sentía con ganas de salir a la calle, a ver sus amistades y compartir con ellas, Emily regaló la mejor parte de ella. Cuando la profundidad la jalaba hacía el vació del desespero, se quedaba en su casa. No contestaba llamadas.

No me puedo imaginar la tortura mental que la asfixiaba y que al final se convirtió en cómplice de su muerte. Ni sé cómo es posible que compartiese su apartamento con su marido muerto, encerrado en la habitación principal.

Pero yo no voy a pasar juicio sobre lo que no entiendo. Me limito a escribir sobre lo que sé.

Sé que Emily fue mucho más grande que la situación y condición de su muerte. Su tragedia y las circunstancias escabrosas que la rodean, no matizan la luz brillante que fue ella. Que la prensa se detenga y entretenga en cada detalle de su cádaver, y el de su marido, no es apropiado.

En este país, donde La Comay tiene tantos televidentes y hasta imitadores sin máscaras, la divulgación del final de Emily y su marido es una razón más para debatir sobre cómo debemos cubrir lo que pasa aquí.

Nos hemos acostumbrado a la cafrería rampante. Con la excepción del Canal 6, la estación del gobierno, la televisión local es un mercado de lo peor de Puerto Rico. Los anfitriones de aquellos programas ofensivos se ganan cientos de miles de dólares por vender cafrerías al pueblo.

Las mujeres que putean su cuerpos en estos programas me dan ira. ¿Cómo es posible que ellas participen en una programación que las desvirtúa como mujeres? ¡Y qué cantidad de niñas quieren ser como ellas! Quieren pararse casi desnudas para provocar gritos animalescos de los televidentes. Y los muchachos, pobres muchachos, que piensan que vociferar versos vulgares ante muchachas semi-desnudas es llegar a la cima del éxito.

¿Dónde acabarán?

Alguno de esos muchachos, quizás, llegue a tener mucho dinero, se compre un estudio, y realice todavía más cafrería y la venda como exquisita sátira a un pueblo que ya no pide algo mejor, por estar agobiado por la corrupción política, la indiferencia burocrática, la miseria de su cheque semanal.

Muchachos que en su mayoría sólo piden vivir en paz, detrás de su rejas, y que la muerta vestida de tecato no les reclame la vida mientras esperan que la luz cambie a verde; que sus hijos estén bien, gracias a Dios, con trabajo fijo en Burger King, y que la esperanza de ganar la Loto se convierta en una dulce realidad.

Y si la tele está llena de porquerías es porqué el pueblo lo pide. Si hay locutores que no son más que charlatanes mal hablados, es porque el pueblo goza de esa cafrería; sino, nadie sintonaría. Qué triste nuestra realidad. Cómo gozamos con palabrotas e insultos dirigidos a otros. Qué mucho nos hechiza el chisme, la crueldad, la lucha libre.

Esto me lo dijo Emily, quien veía algunas cosas muy claramente y ponía de su parte para aportar cosas dignas para Puerto Rico, como su oficio de maestra.

Su locura final restó importancia a su virtudes. El público reclamó más información increíble, más detalle morboso, para saciar su locura colectiva de querer saber lo impensable. Se convirtió en mero cádaver, pero para mí su vida no termina ahí. Para mí, Emily siempre será una mujer con la que tuve la buen fortuna de compartir unas cuantas veces, suficientes para respetar su privacidad.