La Tele Que Ilumina

Mucha gente sacude sus penas frente a la televisión. No hablo de la gente que le gusta la tele y opina sobre el presentador de turno, sino de los que la miran y la critican como vecinos chismosos que comentan cada paso que da la del piso de arriba a la medianoche y que por la mañana les sale un saludo resbaloso.
Críticos somos todos. Concedo que la televisión ofrece programación que me aturde, incluso me marea y pone en duda la razón de nuestra existencia. Pero también sé que hay buena tele. Soy, entre las personas que conozco, alguien que ama la televisión.
Aún estando presente en mi vida, siento nostalgia de ella: el blanco y negro inicial, los botones del trasero que con mucho pudor uno ajustaba discretamente, las tormentas de nieve que exigían como única solución agarrar con una mano la antena, la dulce anticipación en lo que se prendía.
Y cuando la apagabas, aparecía un punto blanco en el centro de la pantalla que me hechizaba. Tenía poder absoluto sobre mi, ese puntito; no era hasta que desaparecía que podía declarar con certeza absoluta que la Tele Está Apagada, Mamá. Cuando quedaba en la pantalla, como un fantasma indeciso, la imagen que corté abruptamente, eso era divinidad.
No sé cuándo empezó la moda de mofarse de la tele, como si hablar mal de ella automáticamente elevara a uno el nivel de intelectualidad. Obviamente, entonces, yo seré tontísima según la sabiduría convencional. Pero no lo creo.
Primero, existen distintos niveles de programas. Los hay malos, buenos, espantonsos, para gritar, conmovedores, frustrantes, hermosos, graciosos, solemnes, tradicionales, eclécticos, sexys, mudanos, pedantes, cafres y ¿qué-es-essso? Es casi como describir a una persona.
Para muchos, la televisión es compañía grata. Está a tu lado, bueno, frente a tí, cuando nadie más quiere o puede. Te trata de seducir constantemente; te halaga, te guiña, te susurra como una gata contenta, se dobla para que la entiendas en tu idioma, y como dijo Neruda de su país, me llama y me reclama. Si no eres de más nadie, seguro que eres de tu televisor. Incluso hay anuncios que mezclan genialmente la música con las imágenes, y cuando este matrimonio es feliz hace que se te paren los pelos. Y te gusta verlos una y otra vez, para volver a vivir la sensación de sentir físicamente alegría, sin mover un dedo.
Qué cosa. Pero no es nada más que una caja, como dijo famosamente el pionero teleperiodista norteamericano Edward Murrow hace 50 años. Sí, y me lleva a todas partes del mundo, hasta dentro del mío, mi mundo interno. Me saca lágrimas y me desprende risa y me provoca angustia, coraje, inspiración.
Igual que el cine, la pequeña pantalla es capaz de todo. Nos despoja de toda fe en la realidad para llevarnos de viaje con un buen drama, donde las personas viajan en platillos voladores. Y nos lo creemos completamente, tanto que cuando nuestro personaje favorito sufre, lo acompañamos en su sentimiento, sentimos su misma nausea, su dolor de cabeza, su frustación y miedo. Las imágenes nos persiguen por el resto de nuestra vida. Un talk show sobre la pena de muerte nos despierta un análisis que ni sabíamos que guardábamos.
Reportajes sobre el hambre no se pueden ver comiendo mantecado. La conexión entre el televidente y el protagonista trasciende la distancia electrónica y geográfica. Pero acompañar una película de suspenso con popcorn al micro-ondas, eso sí es apropiado. La aventura sublime de Ripley en “Alien”; en video, versión del director; es pura actuación, puro entretenimiento. Por eso el popcorn es admisible, permitible sin cargo de conciencia. La caja de Morrow nos transporta de mil maneras y nuestro comportamiento ante ella conlleva su propia ética.
Conozco a una muchacha pobre que ya no tiene cable TV porque se mudaron los vecinos con quienes compartía los gastos mensuales. Se quedó con dos canales flojos de donde escoger su compañía nocturna. Se siente sola, me dice. Entiendo su soledad. Cuando te falla la televisión, el golpe es duro.
Puesto que Seguro Social le pasa una mensualidad que sería un cheque semanal respetable para un maestro o bombero, gana dinero por debajo de la mesa haciendo qué hago: pinta el cuarto del hijo de un banquero; siembra y poda en el jardín de una profesora, cuida a los gatos de una jueza; lleva y trae una niña a la escuela. De todos sus trabajos, el que más le gusta es el de cuidar los gatos de la jueza, quien a menudo aprovecha los largos fines de semana para irse de visita por otros lares.
Este trabajo le agrada particularmente porque la dueña de la casa goza de casi 500 canales de televisión en su pantalla gigante con surround sound. Después de darle comida a los gatos, se planta frente a la tele a ver qué hay y ajusta su selección a su estado de ánimo. Si se siente bien busca comedias o dramas despampanantes para regocigarse en la imaginación de la película; si se siente mal sintoniza talk shows para perderse en las pasiones ideológicas de otros.
Aunque tiene amistades íntimas, a quienes nos cuenta todo sobre su vida, algunas veces no estamos disponibles para hablar por cuestiones de horarios, trabajos, planes. Click. Prende la tele de la jueza. No está sola. Pasan las horas, y viaja por el mundo desde el sofá, rodeada de gatos.
Sí que hay buenos libros y caminos hermosos por el bosque al lado del río y todo eso, pero su vida, y mi vida, se enriquece con un buen programa. Será que nos aplasta la insoportable levedad de 24 horas por 7 días multiplicado 364 veces más. No pasamos hambre, no nos falta techo, no nos falta casi nada en verdad. Sin embargo, la tele es un tranquilizante, una resina de cafeína, un despertador, un consuelo, una fuente para ver e oir qué pasa en los mundos afuera y adentro. Es un motivo para reaccionar.
La televisión, añadió Morrow, nos llevará a todos lo sitios que queramos si la utilizamos como un instrumento de comunicación educativa, sino será una mera caja con luces y cuestiones misteriosas electrónicas.
En Puerto Rico, es una mera caja de la cual algunas a veces saltan chispas de inteligencia. Son pocos los que saben transformar la caja a un evento must-see. Nuestra televisión padece de una variedad imaginativa de programación. Empieza por acá arriba con lo malo, acto seguido baja al reinado de la cafrería y aterriza con pitos y flautas en ¿qué-es-essso? La falta de respeto a la dignidad humana es blanco de chistes; está ahí para derrumbar.¡Tira otra piedra! ¡Mira cómo se le sube la falda! Hombres vestidos de mujer (espantoso); mujeres pintadas negras (¿qué-qué?); mujeres semi-desnudas (cafrería), hombres y mujeres cuya elocuencia limitada no es por falta de vocabulario sino por falta de cultura. No cultura de arte, pintura o literatura; cultura de civismo, respeto, ética.
Por eso es que nosotros que podemos pagar por cable lo hacemos – para escapar del escape televisivo de Puerto Rico. Click. Off. Hello Adelphia!
El medio televisivo puertorriqueño podría ser más que una caja con luces. Nos podría situar frente al gran espectáculo que es el mundo cotidiando. Ahí, en esa pantalla donde todos nos podríamos ver reflejados en una ola de humanidad común, encontraríamos ánimo, nuestras reacciones de coraje e interés, nuestro llanto y lamento. Un canto de vida.